A mediados de la década de los 80 fue nombrado Viceprovincial de los Marianistas en el Perú y su segunda gran misión lo llevó a estar a cargo de una en la sierra (cordillera) del departamento de La Libertad. "Allí establecimos el Centro de Formación de Pastoral Rural ‘María Madre del Buen Consejo', dedicada a la promoción de los campesinos como agentes pastorales, que junto a esta labor fue también centro de desarrollo y promoción de sus habitantes. Fue un proyecto realmente muy interesante y bonito, que todavía sigue funcionando gracias a laicos comprometidos que lo dirigen ahora. Tuvimos el apoyo de la ONG Ingeniería Sin Fronteras, que nos ayudó en la construcción de caminos, electrificación rural, instalación de agua potable y servicios básicos, entre otros", comenta.
De Misión en Chile
A fines de 2007, el padre Javier llega para hacerse cargo del Noviciado en el Centro Marianista de Chile. Allí trabaja acompañando a los novicios que vienen de toda América Latina, en su proceso de discernimiento espiritual para seguir la vocación Marianista.
"Había estado antes muchas veces en Chile visitando el Noviciado, porque indirectamente siempre estuve ligado a la formación. El primer año fue más de adaptación pero ya al segundo tomé con más fuerza las riendas", cuenta Javier.
Hoy tenemos un grupo importante de Novicios en Santiago, pero curiosamente ninguno de ellos es chileno ¿Por qué crees que nos están faltando vocaciones en Chile?
Pienso que hay dos motivos fundamentales. Primero, hoy día en Chile la sociedad se ha acomodado mejor y al instalarse ha ido perdiendo, sin darse cuenta, otros valores que hacen al desarrollo pleno de la persona humana; entonces hay más posibilidades de vivir con comodidad, de estudiar o conseguir un trabajo; junto con esto también esa misma sociedad vive una especie de "ateísmo práctico" donde a Dios se le ha ido desplazando y ha sido reemplazado por otros dioses, como el auto, la profesión, el departamento nuevo, el dinero, es decir, cosas que naturalmente nos gustaría tener, centrando la felicidad en el logro del individuo y no en el vivir siendo para los demás.
Creo que en Chile sí hay vocaciones. Quizás nos hace falta acertar en la forma de cómo convocamos y nos comunicarnos con los jóvenes. El joven de hoy es atraído por el riesgo. En la medida que respondamos a su interés, ofrecerles voluntariados, misiones... una visión del mundo realista, respuestas a sus búsquedas; creo que irán apareciendo también más novicios chilenos. Hay gente que ora, que reparte comida o que participa en proyectos de desarrollo...la iniciativa "Posible otro Chile", son pistas o señales que nos van abriendo parcial o totalmente a un horizonte nuevo. Hay que ser capaces de devolverle el alma a Chile, sembrando en el corazón de los jóvenes un nuevo amanecer en donde la inquietud por Dios se convierta en un elemento movilizador y descubran que Jesús. El Señor de la Vida sigue llamando desde las exigencias del Evangelio.
¿En qué se basa esa posibilidad?
Hoy debemos dar testimonio. Para mí la vida religiosa, es una invitación a hombres y mujeres de Dios que con su vida entusiasmen a otros a seguir al Maestro, decir "con" la vida que hay otros valores, que Dios existe, que es posible la felicidad en el servicio, que en los pobres vamos a encontrar una veta significativa para nuestra vida y le va a dar sentido.
Como sacerdote marianista y en estos dos años que llevas en Chile ¿Qué piensas del movimiento laico en nuestro país? ¿Cuáles son sus mayores fortalezas y debilidades?
Lo que más impresiona de las CLM en Chile es la gran cantidad de comunidades que existen. Algunas funcionan mejor que otras, hay unas más comprometidas que otras y eso sucede en todas partes, pero en general es un grupo que tiene muchas posibilidades, que se congrega en gran número alrededor de sus promesas. Lo que sí creo que nos falta y en eso nos incluyo a nosotros los religiosos, es un poco más de mística en el sentido de identidad. Saber que tenemos una vocación que está llamada a enriquecer a la Iglesia. Nuestro carisma, don del Espíritu para su pueblo, debe ser respuesta a las necesidades de la comunidad eclesial ¿No nos gustaría un Iglesia menos jerarquizada y más vinculada a nuestro espíritu de familia?
Veo que en cierta manera nos hemos quedado en aspectos más de forma, como la reunión cada quince días o de vez en cuando participar en alguna actividad en común del movimiento. Pero ser marianista es mucho más. Es asumir un estilo de vida particular. Estamos llamados a vivir el misterio de la Encarnación. Nuestra misión, no es otra que la de dar a Jesús al mundo y para esto tenemos que empezar por vivirlo. Me gustaría que sientan lo que es ser marianista, que lo vivan, lo transmitan y lo extiendan.
¿Qué significa "sentir lo marianista" y cómo podríamos los laicos fortalecer esa mística y esa identidad?
Los laicos pueden sentir esa identidad asumiendo su pertenencia a la Familia Marianista como una llamada de Dios. Es una invitación que nace de Dios, no es simplemente una casualidad sino que es algo que Dios te está pidiendo. El Señor se ha fijado en ti, y responder va implicar que Él te pedirá que adoptes una manera nueva de mirar el mundo, ya sea en tu trabajo, con tu entorno o tu familia, y que al educar a tus hijos les enseñes los valores que nos definen.
¿Cuál es el elemento clave de la identidad marianista?
La comunidad y la misión. Siempre se ha hablado de que la misión es algo amplio, que puedes llevarla a cabo de manera individual, en tu trabajo con tu familia y con eso sentir que ya estás cumpliendo. Sin desmerecer eso que me parece estupendo -porque te mantiene como misionero cotidianamente-, pienso que la misión cobra un sentido más universal realizándola como expresión de una opción comunitaria. He visto que aquellas comunidades que tienen un proyecto misionero común, están mejor cohesionadas y se mantienen más en el tiempo que las que no lo tienen. Entonces para mí, el aspecto misionero es fundamental.
Debemos ser misioneros en el sentido de percibirnos como enviados, de escuchar la Palabra de Dios con una oreja, mientras ponemos la otra en la realidad cotidiana. Sólo así tendremos presencia en nuestro entorno y seremos capaces con nuestro amor, de enriquecer a la Iglesia.